Incontro con Verona

Incontro con Verona

 

«Incontro con Verona«.
Así rezaba el título de un libro que descansaba en la biblioteca de mi madre, uno con ilustraciones preciosas que describían una ciudad encantadora: Verona. Tal vez ella soñaba con conocerla algún día, cosa que acabo de hacer yo.
Es la ciudad de los eternos enamorados de Shakespeare, la que aloja el balcón más famoso de la historia al que se supone se asomaba Giulietta y que es hoy un lugar de peregrinación para una marea de turistas descontrolados.
Pero Verona es mucho más que el recuerdo de aquellos amantes. Es una villa delicada, habitada por plazas con gran carácter y por un estadio conocido como «arena» que, supongo, debe ser la envidia del mismo Coliseo de Roma.

 

 

Verona está atravesada por calles elegantes y otras más sencillas, con antiguas casas de muros coloridos y balcones altos llenos de flores.
Cuando llegué al centro histórico me recibió el Corso Cavour que corre paralelo al río Adige y que está coronado por un maravilloso castillo medieval, el Castelvecchio, un castillo que te invita a imaginar la vida en la era dorada de Verona. El primer plan de la tarde fue simplemente rodearlo, atravesar el Arco dei Gavi para asomarse al río y apreciar la silueta ondulada del puente de piedra.
Luego hacer lo mismo, pero del otro lado, caminando sobre el Ponte Scaligero y tener una de las vistas panorámicas más lindas de la ciudad.

 

Más tarde me perdí entre la gente, caminando por la Via Roma hasta llegar a uno de los puntos neurálgicos: la Piazza Bra, junto a la majestuosa Arena de Verona. El clima era de fiesta. Escuchaba hablar tantos idiomas como gente pasaba.
A medida que avanzaba la tarde, bajaba la temperatura. El clima anunciaba la lluvia que llegaría a la noche. Tenía que apurar el paso para atravesar las tiendas más top sobre la Via Giuseppe Mazzini y llegar hasta la Via Cappello. Esta parte fue sencilla: todo parecía conducir a la Casa de Julieta.
Un mundo de gente se apretaba formando fila para entrar a un pequeño patio en el que sobresalían la casa, el famoso balcón y una estatua de una joven cuyo busto lucía algo desgastado ya que todos teníamos que pasar a tocarle el pecho derecho. Las paredes estaban llenas de inscripciones y sobre un pequeño muro colgaban candados color rojo pasión en los que enamorados venidos del mundo entero se juraban amor eterno.

 

 

Luego de la accidentada visita a este lugar algo bizarro, salí al encuentro de una serie de plazas alucinantes que parecen interconectadas. La primera es la Piazza delle Erbe. Allí me entretuve mirando a la gente pasar cómodamente sentada en uno de los cafés. El ambiente es de total despreocupación: hay quienes compran en los stands del mercado, otros se toman selfies delante de la Fontana de Minerva y están los que pasamos luego por debajo de lo que se parece a la costilla de una ballena hacia la Piazza dei Signori. Allí el rey indiscutible es Dante Alighieri, hecho estatua en el centro. Un poco como magnetizada por todo lo que veía crucé un poco más allá hacia otra plaza donde se levantan las monumentales sepulturas de los señores en los Arche Scaglieri.

 

 

Como el tiempo no mejoraba, preferí apurar el paso hasta la iglesia de Santa Anastasia sobre la Via del Duomo. Me disponía a admirar Verona desde uno de los mejores lugares que tiene: en lo alto del castel San Pietro.
Llegué hasta el antiguo Ponte Pietra que cruza el Adige y nos conduce a los pies del castillo. Les cuento: hay dos opciones. O subes con el funicular o lo haces por escalera. Yo soy de las que siempre eligen escalera. Y a medida que lo hacía, empezó a lloviznar firme y despacio, tan despacio y firme como yo subía.
El premio fue total. La panorámica de Verona a mis pies me dejó sin aliento – o era la subida?. No, de verdad, la vista era sublime. Cada detalle merecía una fotografía aparte, en especial el Duomo y el puente de piedra que acababa de cruzar. La gente se veía tan pequeñita, y el río, muy caudaloso.

 

 

Finalmente, bajé feliz a volver un poco sobre mis pasos. Llegué hasta el Corso Porta Borsari que me llevó a cruzar por la famosa puerta, la que fuera la entrada principal a la ciudad en época de los romanos. Es muy antigua, pero conserva su aspecto monumental.
Cansada pero contenta, todavía bajo mi paraguas, seguí por la Via Cavour hacia el cruce con Via Roma, casi donde había empezado mi largo paseo, «mio incontro con Verona», que no quería que terminara jamás.

Esta entrada tiene un comentario

  1. Oscar Tarrío

    Elisa es una suerte estar bajo tu paraguas para recorrer Verona. Las imágenes son tan deliciosas como la descripción de los sitios. Verona … Gracias.

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