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Adonde fueres

Campos de Lavandas, Adonde Fueres

«Cuando subieron al barco tenían en mente las palabras de la consigna: adonde fueres, haz lo que vieres. Con cada paso sobre la planchuela inclinada se alejaba la posibilidad de volver algún día. Se tomaron de la mano. Decidieron, en un acuerdo tácito, no volver la mirada atrás. La madrugada era fría. El desayuno había sido demasiado ligero. No alcanzaba para más. Temblaban. No era sólo por falta de un abrigo adecuado. El temor a lo desconocido se reflejaba en sus ojos brillantes. No habían escapado. Se iban rumbo a América. Lo anunciaron rápido a los padres, quizás para no arrepentirse. Comunicaron después la decisión de casarse allá. Los impulsaba una determinación casi ciega. Osadía de jóvenes sin oportunidades. Él ya había intentado, sin éxito, formar una familia.»

Cerezos en Kyoto

Amsterdam

«Pasaron aquellas últimas jornadas del trayecto entre ensoñación y memorias. No había arrepentimiento, más bien desazón. Pero ya estaban inmersos en esta hazaña. Juntos, así lo habían decidido. El amor romántico era algo accesorio y desconocido, sobre todo para ella. El reto sería sobrevivir en la adversidad. Buscar y encontrar otro refugio. Adaptarse a la nueva realidad en un país distante y extraño.»

Adonde fueres, Estancias en Córdoba, Argentina

«Salía el sol que iluminaba el campo y los secretos. Imaginó los rostros, las voces, dibujó la ruta. Estaba todo escrito en esas hojas amarillentas, ajadas. Reconoció allí su propio desasosiego, el que la invadía antes de emprender cada viaje en pleno siglo XXI. El mismo desamparo de sus bisabuelos itinerantes. Ese recelo omnipresente hasta en los cambios. Le fascinó desentrañar algunos capítulos de la historia de esos extraños tan conocidos, parte importante de su propia vida. Salió descalza al jardín. Pisaba firme, segura. Caminaba por sobre los manchones de pasto húmedo de rocío. Amanecía. El aire estaba impregnado del perfume exquisito de los jazmines.»

Fragmentos de «Adonde fueres» (2021)

N. de la A. Aquí traté de contar una historia de desarraigo, de describir esa herida que no cierra,  de narrar la añoranza de lo que queda atrás definitivamente. Es la historia de los abuelos inmigrantes, y de los antepasados que, aunque no conozcamos, nos componen en cada una de nuestras células.