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La alegría de ver el árbol

Ver el árbol de eucaliptus en el Parque Scalabrini Ortiz

Hace un rato, mientras caminaba por el parque, experimenté la enorme alegría de ver el árbol. No era un árbol cualquiera, era un eucaliptus, mi árbol favorito entre los árboles. Confieso que, últimamente, me desplazo observando a veces lo que hay alrededor, y muchas otras mirando hacia el piso. La incertidumbre constante que me rodea ha traído, entre otras cosas, algunos cambios de hábitos. En mi caso en particular, caminar mirando hacia abajo es uno de ellos. Puede ser que oculte algún temor a tropezar, o a caer más de lo que, en sentido figurado, ya he caído. No lo sé a ciencia cierta.

El uso del barbijo, casi el símbolo de la pandemia de Covid-19, es una dificultad adicional. Desde hace meses, cada vez que salgo de mi casa rumbo al parque es lo que calzo junto con las zapatillas. Esa máscara impide ver bien por donde pisamos, por lo que prestar atención a nuestros pasos, es una necesidad. Sin embargo, todas estas precauciones no me impidieron ver el árbol esta hermosa mañana de sol en Rosario.

Ver el árbol de eucaliptus en el Parque Scalabrini Ortiz

Marchaba a paso firme, tan rápido como me es posible, aplastando el césped casi con bronca. Es lo que hago como una forma de desahogo. Dejo estrujada en la tierra esa ira que me consume por no poder ver el futuro con claridad. Mezcla de hartazgo, angustia y recelo se cocina un sentimiento que debe ser puesto en algún lugar. Allí queda disperso a mi paso apurado por ese jardín público, el que más me gusta en esta ciudad hermosa y sufrida. De vez en cuando miro hacia ambos lados, averiguando donde anda Fiona, mi adorable perra labradora. Ella me sigue, me persigue y me abandona de a ratos, a su antojo.

Ver el árbol de eucaliptus en el Parque Scalabrini Ortiz

De pronto levanté la vista y supe ver el árbol. Era, efectivamente, un eucaliptus. Pero bien podría haber sido cualquier otro de los que habitan este parque tan bonito. Porque no estaba solo. Su copa alta, perfumada y frondosa se recortaba sobre un cielo azul imposible. Algunas ramas proyectaban sombras caprichosas, desordenadas. El aroma se mezclaba con el que produce el sol de verano en la piel y en el césped recién cortado. Ya apretaba el calor y no me detuve, sólo aminoré la marcha. Mi mirada se volvió interminable, como si el tiempo se hubiese detenido. El follaje parecía perfecto y brillaba con luz propia, sometido al efecto de la luz sobre sus hojas grisáceas. Le dí un vistazo al tronco atravesado por estrías. Me transmitió de inmediato una ráfaga de energía.

Parque Scalabrini Ortiz, Rosario

Como en cámara lenta, mis pasos se volvieron eternos. Había recibido una suerte de flechazo y llevaba conmigo, para el tramo que seguía, una fuerza renovada. Los momentos que siguieron caminé como en trance. Los detalles del árbol se habían grabado en mi mente y los repasaba. Solté la imagen para continuar por el sendero cotidiano, pero algo en mi interior había cambiado. Las preocupaciones se desvanecían de a poco y eran reemplazadas por esa alegría. La naturaleza no siempre me afecta así en un entorno tan urbano. Me pregunté si había tenido la suerte de encontrar un recurso para invocar, un lugar donde abrevar cuando la sed de una realidad mejor se haga insoportable.

Encontré la felicidad de ver el árbol. La hazaña de encontrar el bosque que, tal vez, ese árbol tapa, la intentaré otro día.

Eucaliptus en el Parque Scalabrini Ortiz, Rosario

Dónde estaba mi árbol: