Hinterzarten y la Selva Negra

Hinterzarten y la Selva Negra

Hinterzarten, Selva Negra, Alemania

La denominación de los lugares hacia donde iba tenían mucho de desconocido: Hinterzarten en la Selva Negra. Había dejado atrás Italia y ponía proa a una selva, un lugar que imaginaba como algo intrincado, impenetrable, en el que podía perderme.

Selva Negra, Alemania

Una «selva negra» – a black forest– evocaba un cierto desorden salvaje, una cierta dosis de peligro pero otra de aventura. En mi imaginación había decretado que lo mío sería un bosque, un lugar espeso pero más amable, habitado por árboles frescos y concretos. Aceptaría un lugar en el que perfectamente podían convivir el Lobo, Caperucita y el Cazador sin apenas molestarse el uno al otro.

Selva Negra, Alemania

Pero selva “negra”, eso ya era demasiado. Era la imagen perfecta de la espesura, oscura y opresiva, un sitio que invitaba a girar 180 grados para marchar a descubrir otras latitudes. Sin embargo, era hacia allí, hacia la Schwarzwald, donde me dirigía cuando hice pie en Hinterzarten, Alemania. Cuánto de cuento, cuánto de realidad, cuánto de cierto, cuánto de mentira tenía todo eso que imaginaba, no lo sabía.

Arbolito en la plaza de Hinterzarten

Pero el primer lugar que vi era una pequeña plaza frente a una posada, una plaza donde reinaba un arbolito que, después descubriría, era el paisaje omnipresente de las plazas alemanas. Era una suerte de adelanto demasiado anticipado de la Navidad o una celebración tardía de la Pascua.

Schwarzwald, Alemania

Más allá estaban las faldas de “ella”, de la supuestamente fatídica “selva negra”, fruto de una imaginación afiebrada que seguía a las lecturas infantiles de la hora de la siesta. Mis prejuicios sobre un accidente geográfico o personaje fantástico amenazante se esfumaron cuando me encontré con esas suaves ondulaciones tapizadas de árboles oscuros y ordenados en filas prolijas que se elevaban y descendían como obedeciendo a una danza secreta, una que sólo conocían ellos.

Hinterzarten

Tal vez esa primavera todavía helada resultó la época perfecta para conocer esta preciosa selva boscosa, ya que un otoño pintaría el paisaje de sol y oro, no logrando el efecto deseado por aquél que osó denominarlo así. Era un bosque color verde intenso, oscuro, extraordinario.

Pista en Hinterzarten Iglesia de Hinterzarten

Hacer base en Hinterzarten resultó una muy buena idea. El lugar era tan tranquilo y cálido como se puede esperar de un campamento base. Habitado por fincas delicadas, boutiques de flores y plantas hermosas, un lago con patos y cisnes, una iglesia moderna que me hizo dudar de su ascendencia con el catolicismo romano y una insólita pista gigante para deportes de invierno con hielo acumulado en uno de sus extremos.

Schwarzwald en Selva Negra, Alemania

La posada, en la que sólo se escuchaba hablar alemán, tenía muchos recuerdos que nos hablaban de campeones de salto en estos trampolines vertiginosos. Fue desde aquí que me eyecté como esos audaces deportistas hacia los cuatro puntos cardinales para descubrir los secretos de la misteriosa Schwarzwald. El temor y la reserva se habían esfumado por completo.

Mis aventuras en Alemania comenzaron por allí.

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