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Reencuentro con Mar del Plata

Playas céntricas de Mar del Plata, Argentina

Existía un lugar con aroma a vacaciones. Cuando el automóvil ponía proa rumbo a Mar del Plata, éramos felices. Hubo una época en la que viajábamos en tren desde Rosario. El coche ocupaba su sitio en la bodega. Mi hermano y yo nos desplazábamos constantemente desde nuestros asientos hasta el coche comedor. Me frustraba que el café con leche llegara siempre derramado. El traqueteo de los vagones era frecuente y divertido.

Playa Chica, Mar del Plata, Argentina

Pensaba en todo aquello cuando abrí los ojos. No reconocí la estación de peaje pero estábamos cerca de Mardel, así, a secas. Todos los argentinos comprenden de qué hablo. Volvía a la ciudad balnearia más popular de Argentina después de siglos buscando aquel perfume. De aquellos muchos recuerdos infantiles pasé a un par de viajes antes de que nacieran mis hijas. Después el grupo se movió con amigos hacia Villa Gesell y Pinamar. Para, más tarde, cruzar el charco y pasar largas temporadas en “el Este”. La post pandemia me encontró en otra realidad, con nuevas expectativas viajeras. La oportunidad perfecta para el reencuentro con esta ciudad entrañable.

Lobos Marinos, Mar del Plata

Espigón de Pescadores, Mar del Plata

Molinetes sobre la playa

El paisaje de la rambla tan tradicional me conmovió. Todo estaba tal como lo recordaba y, al mismo tiempo, había cambiado. Allí se elevaban las esculturas de los lobos marinos enfrentadas, inmóviles, mudos testigos de estas décadas. Los barcitos y locales comerciales habían desertado, muy probablemente como consecuencia de la larguísima cuarentena. Le di una chance al ese mes de setiembre. Me dije que si volvía más cerca de las fiestas, el paseo marítimo estaría mucho más concurrido. La playa, casi desierta, se extendía hasta el espigón de pescadores y más allá. En esa dirección reinaban unos molinetes inquietos y un cartel de bienvenida que anunciaba lo evidente: estaba en “la ciudad feliz”. Y me sentía ídem.

La tradicional Avenida Colón, Mar del Plata

Villa Ortiz Basualdo del 1909, Mar del Plata

Villa Normandy del 1920, Mar del Plata

El hotel estaba muy bien ubicado, tanto que para alcanzarlo sólo crucé la Avenida Colón. Abarqué con un vistazo su recorrido que ondulaba allá justo donde estaba por alcanzar el mar. Otra puntada de nostalgia disparó nuevos recuerdos gloriosos de vacaciones con amigas adolescentes en un departamento ruinoso. Era un tiempo en el que todo, hasta esa pequeña estafa, parecía estar bien. Cuando el día siguiente volví a recorrer la ancha avenida, llegué hasta el extremo en el que se levantan dos de las casas señoriales más espectaculares de la ciudad: la Villa Normandy y la Villa Ortiz Basualdo. Estos edificios dan testimonio de la aristocracia que habitaba Mar del Plata a principios del siglo XX. Hoy son ocupadas por museos y hoteles que las mantienen en perfecto estado, como verdaderas joyas de la arquitectura.

Playa Varese, Mar del Plata

Torreón del Monje, Mardel

Escultura anónima de una niña en Playa Chica

No demoré mucho en lanzarme a caminar cerca de la orilla. Entusiasmada, no registraba el esfuerzo y llegué hasta Playa Varese. Los balnearios de la costa todavía no estaban listos para la famosa “temporada”. Los esqueletos de las carpas se extendían sobre la arena caliente. El Torreón era un coqueto café con una vista impecable. Playa Chica había cambiado. En el sendero de la barranca encontré una estatua de autor anónimo, la de una niña que miraba al mar.

Playa Grande

Surfers en Playa Grande

Escuela de surf en Playa Grande

Surfers en Playa Grande

Playa Grande, por el contrario, estaba en perfectas condiciones para recibir a los visitantes tempranos como nosotros. El sol en alto, allí estaba una banda de la escuela de surfers que practicaba, una y otra vez, y se deslizaba desafiando las olas. El agua estaba helada pero me di el gusto de caminar descalza hasta que me dolieron los tobillos. Los barcitos de los paradores, a la sombra lejana del Costa Galana, ya estaban ocupadísimos al mediodía. También la terraza del Yacht Club. El cielo brillaba sobre el horizonte y podía confundirse con el agua. Por primera vez, me pregunté por qué razón había demorado tanto en volver a Mar del Plata.

Faro de Punta Mogotes

Playas de Punta Mogotes

Panorámica de Mar del Plata desde el Faro

Una mañana me dispuse a llegar hasta Punta Mogotes y el faro. La autovía fue una novedad. La soledad de los paradores, también. La punta estaba más cerca de lo que recordaba. El faro, todavía imponente, parecía más pequeño. Ahora era la sede de un museo de la memoria. Me acerqué para rodearlo y observarlo desde distintos ángulos. Llegué hasta el promontorio para disfrutar un buen rato del viento y de la vista panorámica. Me dejé llevar por una suerte de ensoñación. Cuando ya había retornado al tiempo presente, y caminado las playas extensas y solitarias, decidí visitar el bosque de Peralta Ramos, uno de los distritos residenciales más lindos de Mar del Plata.

Centro de Mar del Plata

Platos de Pontevedra y Stella Maris, Mar del Plata

Almuerzo en calle Güemes, Mar del Plata

Brunch en el Hotel Sainte-Jeanne, Mardel

Mi escapada a Mardel incluyó almuerzos y cenas en mis restaurants favoritos. Ahora era imprescindible hacer reserva o llegar puntuales en el horario de apertura, a riesgo de no encontrar ni una mesa disponible. Como un must-do, disfruté de las distintas versiones de pescado y frutos frescos del mar, tanto en el famoso puerto como en lugares como Pontevedra y Stella Maris. No me privé de probar un helado en Italia, sobre Colón. O de tomar birras en los pubs instalados alrededor del Cementerio de La Loma luego de recorrer Los Troncos, sumergirme en el Paseo Aldrey y encontrar las mejores vidrieras sobre Olavarría o Güemes. El domingo nublado se impuso el plan de playa y luego brunch en el precioso Hotel Sainte Jeanne. Cada día conocí algo nuevo o revisité lo que más extrañaba.

Torre Tanque, Torre del Agua, Mar del Plata

Cuando ya creía que lo había hecho todo y que había caminado Mar del Plata de punta a punta, “tropecé” con una construcción enorme en la esquina de Falucho y Mendoza. Era la Torre Tanque, una torre del agua que, algo insólito, no recordaba haber visto antes. Como una imponente construcción del Medioevo, estaba hecha de esas piedras que están por todos lados en casas y edificios de la ciudad. Allá en lo alto no se asomaba Quasimodo y, sin embargo, lo busqué. Era lo único que le faltaba a esa torre para convertirse en un monumento mágico, absolutamente inesperado.

Otra panorámica de Mardel

Durante esa breve parada delante de la torre, reflexioné sobre mi escapada. En primer lugar, pensé que siempre queda algo interesante por descubrir. Luego, que había esperado demasiado para volver a una ciudad que siempre amé. El motivo fue que caminé otros caminos, algunos alejados de mi hogar, y fue genial. Finalmente, que Mar del Plata es tan hermosa durante la temporada de verano como en cualquier otro momento del año.

Entonces, por qué no visitarla más a menudo?

Mar del Plata, Rambla, Casino y Hotel Provincial, Argentina

Cómo llegar a Mar del Plata: