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Una noche en Carcasona

Una noche en Carcasona

Creo que vale bien la pena pasar una noche en Carcasona. Al  menos una vez en la vida, de ser posible.

Es una de esas ciudades medievales perfectas. Lo más parecido a un lugar ficticio, salido de las páginas de un cuento. Recuerdo aquella extraordinaria muralla, iluminada con el objetivo de destacar cada detalle. Era un sueño. La veía desde la ventana de la posada de un irlandés donde me alojaba por la noche. El frío de ese mes de abril era algo serio. Apretaba con ambas manos una taza de té bien caliente mientras observaba el panorama de la ciudad antigua. Un raro privilegio.

Muralla de Carcasona, Carcassonne

Había un gran espacio entre mi ventana y los muros dorados. Nos separaba un jardín con arbustos bajos y el foso tradicional que alguna vez atravesaron ejércitos.
Cuando se pasa algún tiempo por ciudades como esta, se comprende mejor que se haya decidido catalogarlas como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Argentina es un país joven en comparación. Aquí abundan bellezas naturales de todo tipo. Muchas de ellas también son destacadas y se reconoce su prestigio como tales.
Sin embargo, es la ciudadela amurallada del lejano Languedoc, tan bella y bien conservada, la que tiene demasiada historia para compartir con los que la atravesamos.
Construida sobre los vestigios de una fortaleza más antigua todavía, sus torres elegantes y los gruesos paredones son los mudos testigos que quedan de la sencilla rutina de habitantes del pasado, batallas ganadas o perdidas, tal vez traiciones o actos de heroísmo. Ahora, ya no importan demasiado al transeúnte. Las ilusiones y las decepciones de gente anónima han quedado plasmadas en aquella silueta que se dibujaba a la perfección aquella noche en Carcasona.

Imagen nocturna de la Muralla de Carcasona, Carcassonne

No quería que aquella noche terminara. Pretendía captar cada detalle del paisaje de luces y sombras de la ciudad intra-muros. En esos momentos insisto. Mi cámara no se detiene. Salí del interior agradable de la posada al frío en la terraza que, sin embargo, casi no sentía. Busqué un rincón y me senté en silencio, tal era el espectáculo.
Repasé mentalmente el recorrido que tenía organizado para el día siguiente. Iba a llegar junto al «Canal du Midi», el famoso canal del «Mediodía Francés», ese que atraviesan con pereza las «peniches», las barcazas pintorescas montadas como casas de paseo. Uno de los paseos ineludibles en esa lista que tenía para mi paso en el país cátaro.

Una noche en Carcasona

Antes de que terminara la primera noche en Carcasona anoté lo que me disponía a hacer. Cruzar el Puente Viejo para disfrutar de la vista panorámica sobre la ciudad medieval. Seguir el sendero que lleva a la fortaleza para comprobar otro de los ejemplos de lo que un día fuera el gran poderío de la región. Después, visitar la ciudad interior para detenerme en cada esquina. Hacer esa vuelta lenta, observando fachadas y ventanas, jardines secretos, respirando la misma atmósfera que los pobladores que la caminaban en la Edad Media. Un giro casi en redondo que me ayudara a imaginar detalles de una vida tan distinta a la nuestra en esas callejuelas. Quizás terminando mi paseo en algún bistrot para probar la famosa cassoulet de Carcasona, un plato exquisito y muy típico de la región. El clima frío de la primera primavera es propicio.
Sí amigos, valió bien la pena pasar esa noche en Carcasona.